8 feb 2009

El paso de Caradhras

Una de las cosas que me gusta de mis amigos es que suelen acompañarme en mis enajenaciones mentales. Así, cuando se te ocurre que puede ser una magnífica idea hacer una excursión en enero a las montañas, y enfangarse en un recorrido de treinta kilómetros a través de nieves (casi) perpetuas en un país que no conoces, no sólo no lo cuestionan, sino que alaban tan soberbia idea. Es lo que sucedió a finales de enero cuando Héctor vino a visitarme.

-Oye, ¿te parece que vayamos a las montañas Harz?, igual es un poco peligroso pero...- "Sí tío, donde tu digas"- "Lo único que no tengo mirado donde pasar la noche el viernes..."- "No pasa nada, algo encontraremos"- "Mira que puede ser complicado y tal, por aquello de las placas de hielo y los barrancos con 500 metros de caída libre"- "Psss..".- Vaya, que si le propongo en lugar de ir a las montañas, ir a combatir a un grupo de ñus satánicos a Letonia, probablemente la respuesta hubiera sido la misma. Eso se llama amistad inconsciencia.

Antes de salir hicimos una lista detallada de todas las cosas imprescindibles que debíamos llevar. Después de comprobar que no contábamos con la mitad del equipo necesario, y de que Héctor sólo se había traido camisas de verano en la maleta, olvidándose en Madrid cualquier tipo de prenda de abrigo (no debió prestar atención a la parte de nuestra conversación telefónica de la semana anterior en la que yo le comentaba que el ejército pingüinos se estaba haciendo fuerte al otro lado de la calle y que yo ya empezaba a temer por mi vida si el temporal no remitía), decidimos que, pese a todo, estábamos preparados para la aventura.

El sábado, muy de mañana, nos desperezamos y pusimos rumbo a la estación central de trenes. En un alarde de previsibilidad y organización se me olvidó constatar a qué hora abrían las taquillas para comprar los billetes. No sé en que extraño momento llegué a la conclusión de que las 7 debía de ser una buena hora. Por lo visto los trabajadores del Die Bahn (una especie Renfe alemana) no debieron compartir mi punto de vista. Así que tras una elípsis temporal de dos rosinenschneke y un par de cafés con leche cada uno) cogimos, esta vez sí, el tren que nos llevaría a nuestra primera parada: Quedlinburg. Como teníamos perfectamente cuadrados los horarios (o más bien, porque los teníamos cuadrados, a secas) para no perder tiempo entre estación y estación, acabamos en medio de Hannover haciendo hora para el siguiente enlace. Afortunadamente no nos internamos mucho en el bosque la ciudad y supimos volver a la estación, donde incluso nos dio tiempo a comernos un par de Currywurst. En ese momento eran algo así como las 10 de la mañana y nosotros ya no teníamos ni pizca de hambre.

Quedlinburg es una ciudad bonita, con casas de entramado de madera, declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Pero después de mis andanzas varias por Alemania, no puedo dejar de decir que no es sino "un pueblo más". Acogedor, bonito, confortable, eso sí, pero uno más. Nuestro siguiente paso, esa misma noche, era Thale, conocida por ser allí donde se celebra la noche de Walpurgis.

Cuenta la leyenda que en la Walpurgisnacht (noche del 30 de abril al 1 de mayo, consagrada a la santa inglesa Walpurgis, que trató de expandir el cristianismo por la tierra de los bárbaros tudescos) el diablo celebra su cumpleaños. Y es en Thale donde íncubos, brujas y demás serés del averno (políticos, banqueros, abogados...) se reúnen a preparar su botellón particular con asadurías de hígado humano, sangre, orgías y todas esas cosas en las que uno suele verse involucrado cuando se pasa con el ron-cola. Como era veintitantos de enero no había peligro para nosotros. O eso creímos... hasta que llegamos a Thale.

Como en Alemania del norte tienen la insana constumbre de anochecer a las cuatro de la tarde en invierno, para cuando nostros llegamos a la ciudad no se veía nada. Ni carteles, ni indicaciones, ni un par de neonazis con sus perros y sus novias que nos saludaron con amables palabras (...) El caso es que el mapa de la ciudad parecía pintado por un meningítico. Y así no había manera de encontrar el hostal donde nos alojábamos. Como uno ya es viejo en estas lides, busqué en la mochila los mapas que había imprimido en el trabajo el día anterior. Efectivamente, los mapas se encontraban al lado del cuchillo sucio de mantequilla y un vaso de cola-cao que, la noche anterior, había dejado... en la mesa de mi piso. Sin embargo, no era el momento de que cundiera el pánico, todavía tenía mi maravillosa guía "Lonely Planet" en la mochila (la cuál, por cierto NO recomiendo). A ver..., sí, aquí está: dirección Schwarzewald sin número. Mmm, "Schwarze"... negro, mmm... "Wald"... bosque... mmmmm. Héctor, creo que la hemos cagado. Nuestro hostal está en el bosque negro sin número. ¡¡¡¿¿WTF??!!!

Entre el puto mapa que, en lugar de tener una detallada lista de los nombres de las calles, lo único que tenía era fotografías de locales disfrazados de personajes de terror, que era de noche, que estábamos cansados y hambrientos, y que nuestro hostal se encontraba en medio del bosque negro, la cosa se ponía cada vez más interesante.

Como el bosque negro no podía estar muy lejos y todo el mundo sabe que los bosques suelen estar en medio de las ciudades (...) le preguntamos a una amable anciana que cómo podíamos llegar hasta allí. ¿Laufen? me dijo. Y yo, sí señora, andando, ¿no ve que no somos de por aquí.? Aquí he de hacer un paréntesis. Héctor no tiene ni pajolera idea de alemán. Imagínese el lector la escena y la cara que debió poner cuando la anciana comenzó a gesticular y me dijo... bueno mijo, tienen que tomar esta carretera, pasar una estación de tren (gesto de estar bendiciendo en misa), otra estación de tren, giras a la izquierda, andas, andas, sigues andando, llegas a una rotonda, tomas la primera a la izquierda, sigues, sigues, sigues, sigues... Héctor no sabía si me estaban dando indicaciones o clases de baile. El caso es que decidimos seguir los consejos de la anciana, que yo creía haber más o menos entendido. Después de cruzarnos con varios personajes tétricos en medio de la noche y de preguntar a otra anciana (las debían de poner en las intersecciones a modo de punto de información o algo) y a una amable y joven pareja angloparlante a la que no debimos entender bien (la chica se empeñaba en que debíamos de seguir un camino de rocas), llegamos a la conclusión de que el camino de rocas lo iba a seguir su padre, y que nosotros no nos ibamos a salir del camino de baldosas amarillas. (...) El caso es que la noche era negra y cerrada como plumaje de cuervo. Y allí estábamos nosotros, en medio de la negrura más espesa, siguiendo el curso de un río, con la esperanza de que los asesinos en serie no trabajasen a temperaturas inferiores a ocho grados bajo cero. No pasó mucho tiempo cuando encontramos un par de edificios en medio del bosque. Uno era un albergue juvenil, el otro, un caserón de madera que, además, resultó ser nuestro hostal.

Cuando uno se aventura en una cosa de estas y llega al hostal tiene la ingenua sensación de que le van a estar recibiendo con los brazos abiertos, confeti y música. Y que le van a decir, muy bien chaval, has superado las doce pruebas de Asterix, mañana serás famoso en la comarca, toma una manta y vete a dormir. La realidad, sin embargo, suele ser bastante distinta. Y es que claro, cuando llegamos al hostal, aparte de la pareja de ancianos que lo regentaban, tan sólo había una persona más. Un tipo medio borracho, que se empeñó en que Héctor y yo éramos una pareja gay y que debíamos bebernos unos chupitos de pera, que él invitaba. En un bar de madera donde la única decoración son más de quinientas figuras de gatos de porcelana y un acuario de peces de colores, a uno le da la sensación de estar en medio de un capítulo de Historias de la Cripta. Al final resultó que el tipo de la barra acababa de ser abuelo y estába celebrándolo. Los ancianos nos prepararon una trucha que nos supo a gloria para cenar. Y el cuarto tenía tres camas y un sofá cama, televisión, radio y una calefacción que funcionaba a toda leche. Al final parecía que las cosas no estaban saliendo tan mal.

A la mañana siguiente la primera sorpresa llegó cuando abrimos los ojos y nos asomamos a la ventana. El bosque por el que nos habíamos internado la noche anterior estaba delimitado por una pared de roca monumental, de varios cientos de metros. Estabamos en el comienzo de lo que se conoce como el "Bodetal". Un valle en medio de las montañas Harz que discurre paralelo al río y llega hasta el Brocken, un pico a más de 2000 metros de altura. No es mucho, pero para nuestro espíritu alpinista era ya más que suficiente. Por la mañana, el desayuno estaba esperándonos en un salón-restaurante para nosotros sólos. Baste decir que, como habrá intuido el lector por sí mismo, nosotros éramos los únicos inquilinos del hostal de aquella noche y, probablemente, de las últimas ocho semanas. El banquete matutino tan sólo se vio alterado por un inspirado Héctor que, tras caerse una vela decorativa, consideró que el mejor lugar para dejarla era el tubo de la calefacción y... por un gato asesino:



A nuestra pregunta de si era posible llegar andando hasta Rubeland, a treinta kilómetros de distancia de Thale, el tipo nos dijo "es geht". Algo así como, se puede hacer más o menos, así que tú mismo. Eso sí, nos advirtió que justo al comienzo del camino tendríamos que sortear un par de placas de hielo, pero que a partir de ese momento el recorrido iba a ser un paseo primaveral. A día de hoy no estoy seguro de si el tipo era un cachondo, o es que realmente no tenía ni puñetera idea de lo que estaba hablando.

Cuando en medio de un paso de montaña veas una cinta como las que pone la policía para que no ensucies la escena del crimen NO PASES. Si un par de tipos se cruzan en tu camino y te dicen que mejor des la vuelta, que el camino está difícil, HAZLES CASO. Estas son dos reglas básicas que parecen muy sencillas para la gente normal. Cuando juntas a un informático y a un doctorando en derecho enajenados después de un copioso desayuno, tal vez la única manera de convencerlos de que no hagan el chorra sea con un bate de beisbol.

El caso es que no hicimos caso de la señal, obviamente, y nos jugamos el tipo haciendo el Spiderman al tratar de evitar las placas de hielo. Lo que nadie nos había advertido era lo que todavía estaba por llegar...

En Quedlinburg

El mapa de Thale


A la rica trucha

¿qué sucede si acercas una vela a un radiador?




...continuará

18 ene 2009

Un viaje en el tiempo (I)

Llevo un par de semanas visitando museos de historia alemana, a ver si así, de una vez por todas, consigo terminar de entender a esta gente. En un par de semanas me he dejado caer tanto por Bonn (ex-capital de la República Federal Alemana), como en Leipzig (una de las ciudades más importantes de la RDA). Entre y una y otra se reparten la Casa de la Historia de Alemania (Haus der Geschichte), cada una mostrando una visión específica de lo que sucedía a ambos lados del telón.

Lo primero que pude apreciar en Bonn es que esta gente, pese a haber cometido mayores atrocidades que nosotros durante la guerra civil española (si es que la barbarie se puede cuantificar, cosa que dudo), ha sabido cauterizar heridas y seguir hacia delante. Mientras nosotros seguimos tirándonos los difuntos a la cabeza, ellos se abren las camisas, lo ponen todo sobre la mesa y organizan exposiciones como la que allí pude ver: ¿Mostrar la bandera? Los alemanes y sus símbolos nacionales. Y no esconden nada. Porque estoy seguro de que para un alemán, como tampoco lo es para alguien de fuera, no es nada grato encontrarse, nada más entrar, con una proyección de los discursos de Hitler frente a cientos de miles de personas, a todo volumen. Como tampoco lo será, digo yo, ver salas negras repletas de cruces de hierro, esvásticas y águilas de piedra de tres metros, decorando las paredes. No acierto a pensar lo que sucedería, si PP, PSOE y demás élite intelectual de nuestro país, aprobaran la constitución de una Fundación de Historia Española y ésta se dedicara a explicar los orígenes de la rojigualda comenzando por un discurso de Franco a las masas en dolby sourround con yugos y flechas animando el panorama. Y es que tengo la sensación de que esta gente nos puede dar un baño de madurez, en muchos aspectos, siendo ésta tan sólo una de las muestras.

Con gran profundidad histórica y lujo de detalles (en alemán la mayoría, porque se trataba fundamentalmente de una exposición de alemanes para alemanes) explicaban cómo el Nacionalsocialismo tomó los antiguos símbolos y colores nacionales y los hizo suyos, pasando a tener así un nuevo significado político (como en casi todas las dictaduras). En fin, toda una lección (de historia).

En nuestra próxima entrega "Una visita a los cuarteles generales de la Stasi, los servicios de inteligencia de la RDA".

7 ene 2009

Diseñando una vida

Cuando te enteras de que (en contra de lo que tú pensabas) tienes que despedirte del extranjero para volver a tu ciudad natal durante al menos diez meses, tu reacción puede variar dependiendo de lo que allí te espere. Cuando, como es mi caso, consideras que España es un "país de pandereta", la cosa se complica. Si a eso añades una ciudad culturalmente yerma (a salvo de gratas excepciones como el Actual o ciertas alternativas cinéfilas) y gran parte de tu entorno social disperso por el ancho mundo (a miles de kilometros aquí o allí), entonces la cosa se pone peluda.

Pero como quejarse no va a ninguna parte y lo mejor es reaccionar, lo mejor que se puede hacer es elaborar el "primer plan de contingencia para sobrevivir en tierra hostil marca ACME". Para ello, lo primero que debe hacerse es limitar la información recibida a aquélla que procede de fuentes fiables (v.g. tu cuenta de Google Reader o la sección de Internacional de "El País"). Por aquello de no ponerse de mal café. Para ello, una buena alternativa es llenar el MP3 de música que te aisle frente a tertulias radiofónicas no deseadas, así como pedir al juez una orden de alejamiento de cualquier aparato televisivo en cien metros a la redonda. También puede ser una opción útil suscribirse a algún podcast para aprender idiomas.

En segundo lugar se halla tener una concepción clara de lo que significa el trabajo. El trabajo no es tu vida. Forma parte de ella, pero no al revés, ¿me explico? Así que la clave es: no permitir que el trabajo te estrese y/o consuma todo tu tiempo. Dejado claro el punto anterior, si lo que quieres es sobrevivir en una ciudad como Logroño, lo que necesitas son autopistas de escape que te llenen. Así puedes ir a visitar la Sala Amós Salvador, si lo tuyo es el arte. Conseguir películas recomendadas por "The Auteurs", si eres un fan del cine independiente (y quedar con otros freakis otra gente para verlas en una casa). Ir a ver los Cuentos de la Luna, si quieres pasar momentos mágicamente agradables. Reunirte con la gente de CS, en una de los múltiples eventos locales o internacionales que propongan (sobre esto escribiré un post más largo otro día). O irte a tomar una cerveza a "El Parlamento" (al bar, no al legislativo, que no queremos tener contacto alguno con políticos).

Pero como no sólo de arte, cuentos, películas o cervezas vive el hombre (bueno de estas últimas vive un poco más, que son bastante nutritivas), todavía queda resolver qué hacer con ese tiempo que te sobra (¡hey!, hemos quedado que tu trabajo no iba a fagocitar tu vida, ¿recuerdas? Así que todavía tiene que quedarte algo de tiempo libre). Y sobre todo, aún queda el problema de qué hacer los fines de semana.

Quedarse en Logroño (o cualquier otra ciudad pequeña) todos los fines de semana NO es una alternativa viable. Así que por qué no cargar la mochila al hombro e irse a recorrer mundo en plan barato (siempre habrá algún CSer, de los que antes he mencionado, que te acoja...). Es cierto que si no fuesemos un país tercermundista, dónde puedes correr un grave riesgo de terminar descuartizado si no sabes con quien te juegas lo cuartos, existirían alternativas para viajar más económicas y divertidas, tal y como sucede en Alemania, donde muchísima gente comparte coche y gasolina sin conocerse, sin miedo a formar parte del abono natural del paisaje.

Así a primera vista creo que no está mal para una versión temprana del manual de supervivencia en pequeñas ciudades ¿A alguien se le ocurre algo más? A ver chicos, sugerencias.

Foto: frodrig

1 ene 2009

Frohes neues Jahr

Nochevieja de 2008. Balance.

Tradiciones rotas:

- 26 años de celebración en Logroño.
- Cena con protagonismo de mariscos, cordero y surimi con aspecto de angula.
- Familiares atacados de los nervios cocinando desde las seis de la tarde.
- Debate con los amigos dos meses antes acerca de la conveniencia o no de ir a un cotillón.
- Descartar el cotillón e improvisar algo en la Calle Mayor.
- Mandar y recibir un montón de mensajes estúpidos.
- Tomar las doce uvas y brindar con champán mientras criticas la pinta de La Capa y el Ramón García que lleva puesta.
- Saludar por la ventana a los vecinos del parque de debajo de casa, celebrando el nuevo año.
- Ver (con precaución y sin abrir las ventanas) como "el del cuarto" y su familia lanzan petardos y cohetes en su intento anual de mutilar a alguien.
- Hacer sonar varias veces "The Doge's Palace" del Millenium Bell de Mike Oldfield.
- Ponerse traje y corbata para ir de fiesta.
- Ir a casa de Héctor a eso de las doce y media y abrazar a toda la "familia adoptiva"
- Preparar sorbete de limón con la Pili y tomárnosolo, ya sin burbujas, en medio de la calle y con un frío del copón.
- Quedar con Esme, emborracharnos (o intentarlo vivamente) y llegar a casa hechos polvo.

Experiencia 2008-2009:

- Celebración en Hamburgo.
- Cena con protagonismo de pollo asado (una vez se constató que NO era tan fácil comprar cordero o ternera el 30 de diciembre), jamón serrano "revelado" (a la hora de la cena descubrimos que era un fake y no era jamón serrano sino ahumado) y Mitternachtsberliner (berlinas de medianoche).
- Familiares relajados viendo "Últimatum a la Tierra" desde las seis de la tarde.
- Ponderación de alternativas para salir por Hamburgo en Nochevieja.
- Descartar las alternativas y NO ir a un cotillón (esto se mantiene).
- Recibir únicamente 3 mensajes (las comunicaciones con Hamburgo son caras, ¿eh, cabrones?)
- Improvisar algo (concretamente como narices ir al Elba en metro desde mi casa) y fracasar en el intento por falta de espacio en los vagones.
- Ir al Binnenalster SIN uvas y recibir allí la entrada del año bebiendo a morro de la botella de sekt.
- Ponerse ropa de campaña para ir a un sitio que parece Vietnam debido a la "colaboración ciudadana" en los fuegos artificiales. Eso sí, con un frío del carajo (esto también se mantiene).
- Escapar de un tram al ver a los revisores entrar por la otra puerta (no, no habíamos comprado tickets... ¡¿quién narices trabaja en Nochevieja?!)
- No quedar con nadie y empezar el 2009 tranquilamente, con la familia.

Valoración: aunque echo de menos a un montón de gente, ha merecido la pena.

¡Feliz año 2009 desde Hamburgo!

22 dic 2008

Pre-Navidad

Este año las Navidades van a ser bastante distintas. Para empezar me quedo en Hamburgo por aquello de no romper el ritmo y hacer algo diferente. Resulta curiososo ver como en esta ciudad, donde aproximadamente la mitad de la población son protestantes y la otra mitad católicos, la Navidad pasa practicamente desapercibida. No sólo no hay belenes por las calles, sino que apenas se puede ver decoración y luces de colores (aunque tal vez eso sea debido a los millones de personas envueltas en la vorágine consumista que las tapan). Pero el caso es que poquito a poco ya es 22 de diciembre. Y para advertirnos de las fechas en las que estamos, la gente y las instituciones se empeñan en hacer cosas para recordártelo, tales como las famosas cenas de empresa.

El Max-Planck no es una empresa (o sí, bueno, no sé). El caso es que el jueves pasado tuvimos la cena de navidad. Ciento cuarenta personas mostrando sus mejores galas. Un servidor, que normalemente va arreglado a trabajar, esa noche iba con un jersey de campaña y botas, porque a las pocas horas (a eso de las 6:20) cogía un tren a Dresden, aprovechando que el Instituto estaba cerrado al día siguiente. La fiesta digamos que fue bastante, muy o incluso extremadamente aburrida en algunos momentos. Afortunadamente algunos de los presentes (menos de diez...) nos quedamos y acabamos comiendo trozos de pato con patatas con las manos y agotando las existencias remanentes de cerveza a las dos y pico de la mañana en la terraza del tercer piso de la respetable institución (...). Hay fotos que jamás saldrán de mi cámara.

Tras dormir unas pocas horas en casa y unas cuantas más en el tren, llegué a Dresden. Lo único que puedo decir es que no me lo esperaba. La llaman la Florencia de Alemania y aunque en mi opinión no tenga nada que ver la una con la otra, sí que es cierto que es una ciudad preciosa, de las más bonitas de Europa. Eso, unido al hecho de tener una pinacoteca como la Gemäldegalerie Alte Meister (Galería de los Viejos Maestros) le da muchos puntos como lugar a tener en cuenta en cualquiera de mis futuros viajes. Como una imagen de la ciudad vale más que mil palabras, ahí dejo un video con unas cuantas de las fotos que saqué (aunque aquí estén en baja calidad).



Cómo anécdotas he de decir que el sábado por la mañana interrumpí mi encuentro con Dresden y le fui infiel con Görlitz, el pueblo (ciudad) más oriental de Alemania, al que merece la pena acudir no sólo por sus más de cuatro mil edificios declarados patrimonio universal por la UNESCO y por su laberinto de calles empedradas y sorpresas a cada esquina, sino por la mera curiosidad de cruzar un pequeño puente y estar pisando suelo polaco. Fue una lástima que el primer bar que encontré estuviera cerrado porque en caso de no estarlo no hubiera perdonado una żywiec.

Lo único desagradable del viaje fue un domingo lleno de incidentes. Uno a veces sobreestima la eficiencia de los trabajadores alemanes, pero por desgracia hay tontos en todos los lados. La (ex)residencia de los reyes sajones (Residenzschloss) es un palacio en cuya cámara del tesoro (la llamada Grünes Gewolbe) hay tropocientasmil piezas de incalculable valor. Era mi última visita programada del domingo antes de dejar la ciudad. Así que, a sabiendas de la gente que se suele congregar a la entrada (y eso que estamos en invierno y hace un frío que jode desmoralizante), me acerqué de par de mañana, a eso de las 10. El caso es que como sucede en muchos de estos sitios, las visita está restringida a un número limitado de visitantes por hora. Y si intentas entrar antes o después de la hora que marca la entrada... bueno, todos sabemos lo que pasa entonces. Reproduzco a continuación el dialogo con la amable anciana que me antendió: -"Hi, one ticket at half past twelve, please" - "Half past twelve?" - "Yes, half past twelve... um halb eins, bitte..." - Ok - El caso es que yo me guardé el ticket (error de principiante) y me fui a matar las dos horas y pico que faltaban hasta entonces a la sala de armas del Zwinger, el más que impresionante y barroco complejo de museos. Cuando volví a las 12:20 y saqué el ticket comprobé como la simpática meretriz me había dado una entrada para las 11:30 (...) Después de jurar en hebreo varias veces y decirle a la señorita de la entrada que era culpa de la fulana que me había atendido me fui del museo antes de que mis instintos homicidas desencadenasen una tragedia. Total, como la entrada "sólo" costaba diez euros... Estando así las cosas opté por volver a Hamburgo un poco antes y aprovechar la tarde. Comprar postales con un marcado caracter ajeno a lo navideño y esas cosas. El caso es que en la estación me informaron que había un tren que paraba en Berlín Central y de ahí a los diez minutos partía otro para Hamburgo. Efectivamente el tren NO paraba en Berlín Hfb, sino en Berlín Sudkreuz, a tomar por culo del centro. Una hora y una recarga de batería del teléfono móvil en el baño de la estación más tarde, me montaría en el tren que, esta vez sí, me dejaría en casa. Así que chicos, ya sabéis, si no os llegan las postales, es culpa de los servicios de atención al cliente alemanes ;)

13 dic 2008

"Hamelin"

Siempre me ha gustado El flautista de Hamelin. Hace poco decidí que, dado que Hamelin (Hameln, en alemán) se encuentra tan sólo a un par de horas de Hamburgo, era un buen momento para ir a un lugar del que sólo se habla en los cuentos. Para refrescar la memoria, releí la historia de los hermanos Grimm y recordé por qué me gustaba. Un cuento más bien para adultos, donde un personaje enigmático y, por qué no, siniestro (el carrillón de la Hochzeitshaus da buena cuenta de ello), hace desaparecer a los ciento treinta niños de la ciudad (todos, a excepción de un cojo que no logra alcanzar al resto del grupo) como forma de venganza frente a la recompensa prometida y nunca dada por haber liberado a la ciudad de las ratas. El cuento da que pensar, y uno no sabe si sentirse identificado con los ciudadanos de Hamelin, o con el flautista. El caso es que el sábado pasado, a primera hora, puse rumbo al lugar. No me esperaba gran cosa, la verdad. Tan sólo una ciudad turística tratando de seducir a algún turista desprevenido. Sin embargo lo que me encontré fue bastante diferente.

El hecho de que sea invierno hace que viajar sea bastante menos estresante que durante el periodo estival. Los turistas se quedan en su casa tomando chocolate o en los bares bebiendo cerveza. Sus pequeños bastardos vástagos también (bueno, cerveza no, me imagino). Y aunque haga bastante frío, uno agradece que los comerciantes ávidos de vender ratones de peluche lo tomen por un vecino más de la ciudad (hasta que le oyen hablar, claro) porque ¿quien narices va a venir aquí en esta época del año?

Lo primero que se encuentra uno al llegar a Hamelin (a la salida de la estación de tren) es una estatua gigante de un raton azul celeste de plexiglás en medio de la nada. Y lo que enseguida piensa es - "mal empezamos..." - Sin embargo, la primera impresión pronto se disipa. Siguiendo el, ya prácticamente borrado (a ver si el ayuntamiento se estira un poco, que recursos no le faltarán), sendero de ratas blancas pintado sobre el emperdrado, uno descubre una ciudad preciosa. Una ciudad llena de edificios renacentistas de influencia italiana (Renacimiento del Wesser), a cada cual más impresionante. Eso sí, para variar, y aprovechando que con el frío no se acercan ni los roedores, el Museo estaba cerrado: "estamos trabajando en la creación de un espacio renovado y mejor para usted". Que me imagino yo que estarían trabajando despacito y sin hacer mucho ruido, porque allí lo único que parecía haber era Glühwein y en grandes cantidades. Por otro lado y, también para seguir la tradición, habían puesto un trenecito de juguete y casetas de madera que tapaban la fachada del ayuntamiento. Antes ya había vivido la experiencia en Lübeck (tapando un portal magnífico del siglo XVII) y, hace un tiempo, en Frankfurt. Serán ordenados y funcionales estos alemanes, pero a veces a lógica parece no acompañarles. Como anécdota contaré que mientras pedía una pizza en uno de los puestos del mercado navideño, el camarero, sutilmente advertido (descojonado) por mi acento, me preguntó que de donde venía. -"Aus Spanien"- dije yo, a lo que el cachondo contesta: -"Anda quillo, no me jodas, yo también. ¡De Huelva vengo!-. Y como últimamente viajo sólo bastante y nadie me da conversación, y parece ser que por Hamelin los nativos de la piel de toro no abundamos (y que conste que lo de la piel de toro es un recurso estilístico -tópico, eso sí-, pequeños antropófagos buscadores de carne fresca) pues el tipo se puso a darme conversación. Eso sí, de descuentos nada de nada.

Como no me quedaba a pasar la noche, llegado cierto momento se me presentó un problema de tiempo. Y es que resulta que en Hamelin tienen un importante taller de vidrio, donde el maestro artesano te muestra como se hacen los objetos (verdaderamente chulos) que allí elaboran. Y donde si tienes huevos (o ganas), demuestras tus habiliades soplando vidrio. Cómo a mí eso de soplar no me va mucho y el horario coincidía con el del carrillón que representa la escena del cuento, tuve que elegir. Afortunadamente creo que hice bien y me quedé con este último. Abajo se puede ver el video, aunque es una lástima que por falta de espacio sólo grabase la primera parte y no cuando el flautista, encapuchado, se lleva a los niños a su cueva-harem. Y el resto de fotos las podéis encontrar aquí.



Ps.: la foto de la vidriera que se puede ver arriba se encuentra en la iglesia de la ciudad.

4 dic 2008

Como polvo entre los dedos

Primer acto:

No creo en nacionalismos. No creo en la lucha por la independencia. La verdadera lucha es despertarse cada mañana y dejarse la piel en el intento de ser lo que uno quiere ser. La verdadera independencia consiste en no traicionarse ni a sí ni a los demás. La tierra prometida es una quimera hecha de piel grabada con tinta indeleble sobre cuerpos vacíos y yacentes. Desprecio los asesinatos de ETA. Traicionan mi concepción del mundo y de las personas. Sin embargo, ya no pienso que en las personas habite el mal por naturaleza. No es odio, es miedo. No es maldad, es estupidez.

Segundo acto:

La tierra se me escapa entre los dedos, como arena, desde hace varios años. La tierra no tiene forma, no está arriba ni abajo, se ha quebrado. No estoy en ninguna parte, aunque sea de algún sitio. Entre esos mismos dedos se escurre también el tiempo y, con él, la gente. Se dispersan, se evaporan y se asientan en otro lugar. Cuando nos juntamos, el tiempo se pliega. He aprendido mucho y casi nunca sólo. Y una de las cosas que he aprendido es que se aprende de los demás. Es agridulce el sabor de la pérdida, no ya de momentos y lugares, sino de personas. Hitos en medio del camino, que se mueven a toda velocidad por railes invisibles. Estaciones que cambian de nombre y de lugar, pero que aparecen situadas siempre correctamente en el mapa de la gente que importa. Es por eso que no creo en el Tiempo ni en el Espacio, tan sólo en los buenos amigos y las cervezas compartidas.